
SIN LÍMITES ¿QUÉ MODELO?
Despreciar el proteccionismo y abrirse a los mercados mundiales con la idea neoliberal de globalización económica fue el discurso recurrente y que había logrado un éxito inconmensurable durante las últimas décadas del siglo XX, luego de que el capitalismo se impusiera sobre su némesis.
Las lógicas de los mercados bursátiles se acentuaron y el capitalismo salvaje empezó a regir en una economía en la que empezó a importar la consecución de riquezas sobre todas las éticas, principios y legislaciones; donde el Estado, catalogado de ineficiente y hasta estorboso, se convertía sólo en simple espectador de los actos de grande magnates y grupos económicos que por sí solos superaban el PIB de varias decenas de países en el mundo.
Pero el frenético modelo que en menos de dos décadas concentró incontables capitales, creó productos y modos de consumo por doquier; tuvo sus honras fúnebres en el septiembre negro de hace dos años, cuando el pánico rodeó a Wall Street con la quiebra de varias legendarias entidades financieras.
El cuento mágico de las hipotecas sin límites, de negociar con el dinero de los contribuyentes a través de fondos y otras inversiones y asignar créditos sin responsabilidad alguna, acabó con la caída de los precios de activos sobrevalorados. Por esta misma época en 2008, llegó el crash (estallido) definitivo a una economía que se había convertido más que peligrosamente especulativa, ficticia.
Los que miraban al Estado por encima del hombro y creían que su papel se había convertido en el de las arcaicas monarquías, tuvieron que ver cómo el gobierno de Bush nacionalizaba bancos, capitalizaba otros e inyectaba capital a la economía estadounidense para salvarla de un colapso mayor. La esfera pública le tuvo que poner reglas a la privada.
De eso ya van dos años y aunque muchos abogaron por un nuevo modelo económico que le pusiera fin a la desmedida acción del capitalismo salvaje, no hay muchos avances, pues los intereses del dinero que está en juego priman sobre el aparato estatal.
La soberanía se ha visto en detrimento por la superioridad de las multinacionales y los gigantescos grupos económicos frente a las ramas del poder público. Comprar leyes, justicia y a un presidente, puede ser la mejor herramienta para que esta práctica del libertinaje de mercado siga haciendo carrera.
Basta de imposiciones económicas al Estado. Que las EPS suministren los servicios de salud a los que están obligadas; que los bancos no sigan presionando para que las reformas tributarias los favorezcan y que los grandes capitalistas no soliciten más exenciones de impuestos sin sentido alguno. El Estado no es un pelele y las reglas son la clave para que no haya más crash que nos tomen por sorpresa.
LA OTRA TIERRA PROMETIDAPor: Ricardo Andrés González Duque
Los mandatarios, obsesionados con la guerra como fin lucrativo; crean ideologías, imponen odios, arman enemistades donde no las debe haber y buscan, como dice el adagio, dividir para reinar.
Esa estrategia funciona y los pueblos terminan luchando por falsos ideales. Como reza la frase, “la guerra es una masacre de gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen, pero no se masacran”. El ajedrez del poder político impera sobre la frágil voluntad de los pueblos.
De ese modo es que ocurre el ya prolongado conflicto entre israelíes y palestinos. Las divergencias culturales, que en otros lugares del planeta pasan desapercibidas (como en ciudades cosmopolitas) en el Oriente Próximo parecen no tener solución cercana por los intereses político-económicos que giran alrededor, específicamente por dos palabras que no hacen feliz al mundo: USA y petróleo.
La guerra que se vive en la cuna de las religiones está desatada por una discusión de dominio de tierras. Pero no por extensas llanuras de terreno fértil. Lamentablemente es por algo más de 22.000 km² (algo así como la superficie del departamento del Valle) que es la extensión del Estado de Israel, que desde su fundación en 1948 ha osado tomarse con poder militar gringo, más de los territorios palestinos que les otorgó la ONU.
El radicalismo religioso acentúa aún más la profunda crisis de tierras que viven ambas naciones. Mientras los palestinos están acorralados por la avanzada israelí y estadounidense para despojarlos de sus territorios; los judíos que llegan a vivir a los asentamientos están inmersos dentro de un contexto cultural que no es el suyo y subsisten rodeados de la amenaza militar de los grupos insurgentes.
La tierra prometida para Israel llegó con creces y se disolvió con descaro para el pueblo de Palestina. La posesión de territorio se volvió sinónimo de poder y el destierro fue el destino para los más desprotegidos.
Guardadas proporciones, es la desgracia colombiana. Actores armados llamados guerrilla, paramilitares o narcos, han desterrado a millones de colombianos, condenándolos a una desconocida y feroz vida urbana. Son más de 3 millones de hectáreas tomadas por los actores del conflicto que a los campesinos propietarios originales les siguen siendo ajenas.
Este gobierno dice ser el reformista que ojalá, a diferencia de la decisión de la ONU en 1948, sí sepa entregar la tierra prometida a los desplazados de nuestra Nación, quienes hoy son los que reclaman los cambios legislativos para resolver el conflicto armado de Colombia por su raíz, la redistribución equitativa de tierras.
PODER DEMOCRÁTICO
Por: Ricardo González Duque
La unanimidad en una democracia es peligrosa, pues deja sin control a quien está en el poder y termina convirtiendo a los gobiernos en completas dictaduras, poseedoras de plenas facultades respaldas por medios y funcionarios públicos de bolsillo.
El gobierno que terminó el 7 de agosto de este año tuvo a un singular defensor de los actos de funcionarios cercanos a la Casa de Nariño. Catalogado como la cabeza de un organismo de control independiente de la Presidencia de la República, Alejandro Ordóñez no demostró mucha autonomía en las decisiones que tomó en el período de Uribe.
Elegido al unísono por el Congreso hace año y medio, el Procurador General de la Nación ha tenido en su providencia algunos de los escándalos más polémicos del sanedrín que rodeaba al ex presidente Álvaro Uribe. Para-política, yidispolítica, apoyo de funcionarios a candidatos, referendo reeleccionista y chuzadas del DAS, han sido algunas de las ‘papas calientes’ que en manos de Ordóñez se convirtieron para la opinión pública en simple suspicacia de la oposición.
La forma de elección en estos organismos de control, que deben velar por el bien de los recursos públicos, termina siendo un alimento para engrandecer la politiquería en el país. Los senadores, en busca de cargos que le signifiquen dinero, negocian su voto con los candidatos a esas entidades públicas para que repartan el jugoso pastel burocrático.
Los elegidos terminan siendo los más vivos, como se dice coloquialmente. Aquéllos que le garanticen al gobierno de turno (con mayorías parlamentarias) una condescendencia para proteger a sus funcionarios, quedarán en unos cargos con la alta responsabilidad política: la vigilancia.
Y como el que tiene el poder no le gusta que esa vigilancia y juzgamiento sean agudos, buscan que quienes comandan los organismos de control sean de bolsillo, tirando por la borda ese ideal de pesos y contrapesos, tan afectado de por sí con la reelección presidencial.
Ahora que se habla de estatuto de oposición y de garantías para que ésta exista y tenga validez en la democracia que es Colombia, ¿por qué no acoger la idea de que estos organismos de control sí cumplan su labor y lo hagan estando en manos de la oposición?
No es cuestión de decirle a la oposición nacional que no se les catalogará como terroristas y que por eso deban agradecer. Se trata es de crear una verdadera lógica para que sin burocracias dañinas, la oposición vigile desde estas entidades, los actos del gobierno de turno.
PARTIDOS DE GARAJE
Por: Ricardo Andrés González Duque
El surgimiento y auge de los candidatos para cargos populares con orígenes independientes en la década de 1990 fue el significado del desgaste que tenían los partidos políticos tradicionales en el país.
Se habían matado entre ellos, solucionaron sus disputas con la burocracia repartida del Frente Nacional y en algunos casos dejaron mezclar las prácticas ilícitas del narcotráfico con sus dirigentes políticos.
Candidatos presidenciales como Andrés Pastrana preferían no postular su nombre con el Partido Conservador, aunque tuviera toda la maquinaria de éste, y en su campaña de 1998 lo hizo a nombre de la “Alianza por el Cambio”. Además, por esa misma época, el Partido Liberal vivía la crisis que le había significado el gobierno Samper con su proceso 8.000. No eran buenos tiempos para los tradicionales.
Álvaro Uribe revalidó esta premisa en 2001, cuando se declaró disidente del Partido Liberal, luego de perder la consulta interna con Horacio Serpa. El ex gobernador de Antioquia asumió su campaña lejos de “la corrupción y la politiquería de los partidos tradicionales” e inscribió su candidatura por el movimiento Primero Colombia, tras recolectar un millón de firmas.
El disidente creció en las encuestas, su discurso caló en la opinión pública y los liberales empezaron a arrepentirse de su elección, Uribe logró dividirlos. En plena campaña, el Partido Conservador renunció a tener candidato propio y se adhirió al candidato de origen liberal. Contradicciones ideológicas en torno a una persona.
Y esa falta de peso ideológico en los partidos continuó durante los dos periodos de Álvaro Uribe. En su oficio como presidente menospreció la figura de los partidos políticos y el panorama político que enmarcó fue en la disyuntiva de uribismo o antiuribismo, generando una marcada polarización.
Para asegurar lo que muchos llaman gobernabilidad, el presidente delegó a sus más cercanos cortesanos la creación y reforzamiento de partidos políticos que sólo tenían una ideología: apoyar al presidente irrestrictamente. En ese espectro político estuvieron el Partido Conservador, Alas Equipo Colombia, Convergencia Ciudadana (Hoy PIN), Cambio Radical y el recién creado Partido de la U.
La oposición fue minoritaria y las organizaciones políticas, como las instituciones, salieron debilitadas con la reelección de Álvaro Uribe. Los intentos de crear alternativas, como lo pretendió ser el Partido Verde, parecen ser infructuosos si se tiene el mismo punto de partida del uribismo. Crear partidos de la nada, con pocas bases ideológicas, sólo lleva a caudillismos, en los que importan más las personas que las instituciones.
¿COLOMBIA LAICA?
Por: Ricardo Andrés González Duque
Un delito tipificado en el Código Penal hasta 1981, una enfermedad mental consagrada por la Organización Mundial de la Salud antes de 1990 y ahora una “anomalía sicológica” para el magistrado de la Corte Constitucional, Nilson Pinilla. Esas han sido las denominaciones para el homosexualismo.
Cuando Colombia se prepara para que esa Corte entregue su fallo definitivo sobre la aceptación o no de los matrimonios y la conformación de familias entre personas del mismo sexo, las declaraciones de Pinilla son poco garantes del proceso que se adelanta para dictar la sentencia. Sus afirmaciones parecen caer en el sesgo ideológico en el que ha estado inmerso el procurador ultra conservador de la Nación, por sus convicciones religiosas.
Acá inicia la paradoja. ¿Cómo es posible que un ‘guardián de la Constitución’, como es un magistrado de esa Corte, desconozca el mandato laico de ésta y quiera implementar su pensamiento religioso en la legislación nacional? El interés de la Constituyente del 91 por la libertad de cultos va más allá de permitir las diversas manifestaciones y aboga por las garantías del Estado para que en asuntos oficiales no prime ningún culto. ¡Pero esos son enrredos!
Nunca antes el Estado colombiano había estado tan permeado por los asuntos religiosos imperativos del catolicismo: ministros, funcionarios y hasta organismos de control en manos de radicales religiosos de corrientes como el Opus Dei. Con esas condiciones, no se podría estar cerca el humo blanco a favor de las uniones homosexuales.
El mundo, sin embargo, está tras esa lógica. Los propósitos de inclusión se han convertido en el común denominador de las causas mundiales: contra el racismo, la xenofobia y a favor de las comunidades LGTB.
Pero hasta ahora sólo 10 países y algunas jurisdicciones de Estados Unidos, han permitido estas uniones por la vía legal, manteniendo aún en vilo a millones de homosexuales sin garantías de seguridad social o de patrimonio familiar con sus parejas.
La liberación llegó a América Latina por el sur. Argentina fue el primer país que aprobó la enmienda legislativa que le daba vía libre a este tipo de uniones civiles para conformar una familia, muy a pesar y luego de presiones infructuosas de la influyente Iglesia Católica.
Por: Ricardo Andrés González Duque
Quienes han ejercido el poder desde cualquier campo, históricamente han visto la necesidad de crear o sobrevalorar a sus enemigos para que los súbditos o dirigidos se unan en torno a una ideología, creencia o pensamiento, y de esta manera asegurar mayorías.
El ser humano ignorante es indefenso. Su poco conocimiento le lleva a dar por aceptados lo más absurdos argumentos que su autoridad le pueda brindar y en ocasiones lo lleva a responder emotivamente (con insultos, agresiones o la guerra) a quienes diserten de forma adversa. Su fragilidad lo obliga a estar protegido y lo lleva confiar toda su libertad a quien le dé fortaleza frente a los enemigos y miedos que conllevan.
Los más astutos estrategas que ostentan el poder conocen todo ese círculo vicioso de miedo-autoridad desde tiempos inmemorables y han creado fanatismos bajo esa premisa. La figura diabólica es, entonces, una de los más antiguos enganches para infundir miedo, unidad y lealtad a la religión cristiana, una creencia que iba en aumento cuando ocurrieron dos hechos: la divinidad de Jesucristo y la relación de la triada pecado-diablo-infierno.
Aquellos que dirigen las masas han probado con hechos que con los fanatismos, los odios y los miedos, pueden crear las bases para que su mandato, o la creencia que quieren defender, tenga más adeptos.
De modo que los diablos se han diseminado por todo el mundo, en todas las ideologías y creencias, para asegurar las bases frágiles que cualquier humano ladino identificaría en esas autoridades con pretensiones de unanimidad.
Ya lo hizo Napoleón en su momento con la revolución francesa y lo logró; siglos después Adolfo Hitler con su ideal de raza superior y nación fuerte excluyó al resto del mundo y dirigió a su masa bajo un imperativo de identidad. Y tras de eso, el siglo XX acentuó esa creación de falsos demonios para la “defensa propia”.
Estados Unidos hizo lo propio con todo lo que fuera comunismo, la legión Bush por intereses propios contra el mundo musulmán creó los nuevos diablos llamados “terroristas”. Bajo ese rótulo en Colombia hubo gobierno reelegido, con un presidente que instituyó sobre todas las cosas un enemigo común para sentar su mayoría y justificar sus acciones, el diablo de las Farc.
A partir de allí, un vecino elocuente que para agitar sus masas creó nacionalismo, tuvo delirio de persecución del “imperio” y también tuvo su enemigo constante llamado Álvaro Uribe. Ese vecino mencionó, el 10 de agosto en encuentro binacional, más de diez veces la palabra “demonios”, manteniendo ese temor del que las masas terminan espantadas y del que la ignorancia es cómplice.



